Voces

Dilema de hierro

Lic. Alejandro Trape (*)

«Si el dilema es la economía o la vida, yo elijo la vida» (Alberto Fernández, presidente de Argentina, 23 de marzo de 2020).

«No podemos dejar que sigan cayendo empresas» (Alberto Fernández, presidente de Argentina, 14 de abril de 2020).

La Economía es una ciencia social. Se ocupa de personas con diferentes deseos,  cultura, emociones, incluso creencias religiosas, que se relacionan a través de la toma de decisiones diarias y conforman de esa forma el «sistema economico», que es su objeto de estudio. Como tal, está repleta de dilemas, discusiones y puntos de vista.  
La Política Económica también se mueve en terrenos de posiciones encontradas. Avanza entre numerosos dilemas haciendo equilibrio entre personas y grupos afectados. Cada decisión del político genera discusión, hay ganadores y perdedores, todos pertenecientes a la misma comunidad y por eso cada decisión es controversial. «Te critican cuando remás y te critican cuando no remás», me decía un político.
La política distributiva es una de sus áreas más complejas. Dado que la riqueza y los ingresos de las personas se distribuyen de una manera desigual, se le pide a los gobernantes que lo equilibren de alguna manera. Los criterios para hacerlo son diversos y todos se apoyan en alguna idea de justicia y de equidad distributiva, que no son iguales para todos. La idea es equilibrar de alguna forma lo que las personas tienen o ganan, para que todos puedan tener niveles de vida y bienestar, si bien no idénticos, menos diferenciados. Así, estas políticas buscan re-distribuir bienes, dinero, oportunidades, posibilidades, etc.  
El objeto de estas políticas redistributivas son valores positivos (bienes,  oportunidades…) que dan satisfacción o bienestar a las personas. Se apunta a emparejar el acceso a cosas que «hacen bien» a la gente y le permiten satisfacer mejor sus necesidades económicas, sociales, culturales y de esparcimiento. Sin embargo no es sencillo, ¿hay algo más controversial que sacar a unos para dar a otros? Incluso cuando la «torta» crece aparecen opiniones diferentes ¿cuánto del aumento le debe llegar a cada uno? Los dilemas en este tipo de política económica son interminables.

«El verdadero dilema es «angustia de unos vs angustia de otros»» (Alejandro Trape).

Pero vayamos al punto. El coronavirus ha provocado numerosas angustias sobre la gente. Desde algún lugar del planeta surgió un monstruo microscópico acelular, que volcó sobre la humanidad una catarata de «males»: enfermedad, dolor, angustia, miedo, incertidumbre … incluso muerte. Estas penurias ocurrirán sí o sí, porque el mundo no estaba preparado tecnológica ni intelectualmente para detener al virus antes de que se propagara. Fue imposible esquivarlo, no teníamos plan. 

Pero tampoco nos castiguemos tanto. Imposible tenerlo, absorbidos por una coyuntura social, económica y ambiental  que no nos da respiro.  Seamos sinceros, en medio de una desquiciante realidad de información superabundante, innovación explosiva, guerras frías y tibias, democracias en jaque, ideología en entredicho, fake news sobre casi todo, falsos profetas, adicciones multiplicadas y moralidad subjetiva… ¿A quién se le ocurría pensar en una pandemia y  destinar fondos para cubrirse de ella cuando no se sabe si aparecería? A muy pocos. Incluso pensábamos que esos pocos exageraban.
Estar preparados para algo así hubiera significado una notable coordinación entre naciones y un sobredimensionamiento sanitario a la espera de una contingencia que no ocurre tan seguido. Y mientras tanto la realidad imponía otras necesidades más urgentes que rivalizaban con esa previsión: pobreza, hambre, educación deficiente, enfermedades, depredación del ecosistema, etc.  
Así nos encontró el virus y distribuyó sobre el mundo penurias de distinto calibre.  Si hubiera ocurrido hace 500 años, la capacidad de reacción de los seres humanos hubiera sido casi nula y hubieran debido soportar la muerte de muchos, con pocos instrumentos para evitarlo: la peste negra fue la pandemia más devastadora en la historia en el siglo XIV y si bien es difícil conocer el número de fallecidos, se especula con la muerte de un tercio de la población mundial.  
Pero como ocurrió en el siglo XXI, el desarrollo combinado de la medicina, la química y la tecnología nos permiten tener un escudo importante, aunque no sea completo, que reduce los daños pero no los impide en su totalidad (la morbilidad es mucho menor que en otros casos parecidos).  Entonces, el problema que enfrentamos hoy no es cómo distribuir los bienes o la riquezase refiere a cómo distribuir los males. A los gobiernos les toca decidir la distribución de la angustia, decidir a quién le toca sufrirla.  El criterio deberia entonces ser el mismo: repartir «equitativamente» la angustia, que no caigan sobre un solo grupo. Los dilemas son entonces similares a los que se comentaron cuando se trataba de re-distribuir cosas buenas. O son peores.
Si un gobierno no hace nada al respecto y no toma ninguna medida sanitaria, el país tendrá una «curva de contagio» (y muertes asociadas, en particular de personas «de riesgo») que será intensa y de una duración determinada. Las muertes provendrán de la saturación del sistema sanitario porque muchos pacientes no podrán ser atendidos en tiempo y forma. En tal caso, la angustia recaerá en forma dispar sobre la población: será muy duro quienes mueran y sus familiares y amigos, menos duros para otros conocidos y menos para quienes no los conocían. Fue la primera apuesta de Gran Bretaña y EEUU, luego dejada de lado. 
En cambio si el gobierno opta por «aplanar la curva» con medidas como la distancia social, el uso obligatorio de métodos de protección y la cuarentena, el sistema sanitario podrá enfrentar mejor el problema. En este caso la curva, ahora más plana, se alargará en el tiempo y el problema se dilatará en el tiempo, aunque seguramente morirán menos personas.
Es importante comprender que la segunda opción no implica achicar (o en un caso ideal, evitar) las penurias. No es «gratuita» en tales términos porque la cuarentena y el aislamiento provocan otros males: reducción de la actividad económica, corte de la cadena de pagos, recesión, desempleo y pobreza. Empresas sin ventas y familias sin ingresos, gran parte de ellos quedan dependientes de la ayuda oficial que, de una u otra forma debe materializarse en subsidios en dinero o en productos. La angustia no desaparece, se traslada entonces a miles de familias que no pueden dar de comer a sus hijos y miles de personas que pierden su empleo, sin contar la angustia (que podemos en este punto considerar «menor») que provoca el encierro y el aislamiento. No son las mismas personas que la soportan, pero todos pertenecen a la misma comunidad.

Y allí esta el dilema. La opción no es «Salud y economía», el verdadero dilema es «angustia de unos vs angustia de otros».


El dilema no es «muertes vs desempleo», porque al ser una ciencia social, la economía debe preocuparse por el malestar (angustia, dolor, temor) que cada uno de esos males provoca en las personas involucradas.  El dilema resulta inevitable para cualquier gobierno, la decisión es muy difícil. Lo es porque el criterio de justicia implícito en la «distribución de las penurias» siempre será opinable y criticable y porque en el fondo, no pueden compararse las angustias de las personas: puedo decir que hoy estoy más angustiado que ayer, pero no puedo asegurar que lo estoy más que mi vecino. Los niveles de angustia son totalmente personales, así como sus umbrales de tolerancia. Surgen aquí preguntas muy antipáticas y difíciles: ¿la sociedad, como grupo, sufre más la muerte de una persona o la desnutrición de cinco niños? ¿la sociedad, como grupo, tolera más la muerte de una persona que los efectos desestabilizadores del desempleo hacia adentro de los hogares?

Consensuar una respuesta es imposible, pero en cada acción de política sanitaria subyace una respuesta específica, no existen acciones inocuas.
Un criterio de solidaridad simplista dirá que todo debería angustiarnos, la muerte de un paciente, el desempleo de una persona con hijos o la desnutrición de un niño, porque todos son «males» para una sociedad. Sin embargo, cualquier decisión que se tome, aislar o no aislar, aplanar o no aplanar, cuarentena rígida o flexible…, llevará implícito un juicio de valor del gobierno acerca de cómo deben ser distribuidos los pesares que ha generado el virus.

El gobierno argentino ha oscilado en pocos días de un lugar hacia el otro del dilema.  Comenzó con la idea de «aplanar la curva» y evitar muertes. Un par de semanas después recalculó, entendiendo que por la poca capacidad de su sistema sanitario el aplanamiento debería ser muy agresivo y con ello la cuarentena debería dilatarse (y con ella el desempleo y la recesión).

Así, luego de un lapso de reflexión, comenzó a intensificar la ayuda económica a los grupos damnificados (empresas con riesgo de quiebra, desempleados, trabajadores informales) a través del incremento del gasto público y la reducción de impuestos y otras cargas. Al mismo tiempo se volvió permeable a los reclamos de flexibilizar el aislamiento. En realidad, la mayoría de los gobiernos lo han hecho, con mayor o menor velocidad, de esta forma, todos están aprendiendo por «prueba y error». Luego, con el diario del lunes podremos juzgar el resultado y seguramente cada uno lo hará según lo haya golpeado la angustia, el miedo o la muerte.

La ayuda económica del gobierno y la flexibilización de la cuarentena sin duda alivia la situación y las penas de mucha gente… ahora. Pero no se ha descubierto aún la piedra filosofal, que permita evitar todos los males (aplanar la curva con cuarentena, evitar muertes y luego esquivar el efecto económico del aislamiento obligatorio). El déficit fiscal resultante, que se abulta cada día requiere de su financiamiento. Muchos países han optado por la deuda, postergando las angustias a quienes luego deban pagarlas. Otros, como el argentino, han preferido la emisión de dinero nuevo, insuflando la inflación que pronto provocará nuevas penurias y males, en particular sobre los que menos tienen.

El tiempo dirá si la aparición de la vacuna alivia esta situación o la reinfección de los enfermos recuperados la complica. En cualquier caso, actuando o no, aplanando o no, postergando o no, las penurias de la gente por una pandemia como esta serán inevitables. La cuestión esencial será siempre decidir quién y cuándo las sufre. 

Toda acción (incluso la inacción) será discutible y controvesial, el dilema es de hierro. 

(*) Lic. Alejandro Trape – Economista, Director de Centro de Investigaciones y Vinculación Económica (CIVE) en FCE-UNCUYO, Argentina. (http://aletrape.blogspot.com)