Editorial

Educación, nuestro capital social

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Un nuevo ciclo lectivo comenzó en el país. Y más allá del habitual forcejeo paritario entre el gobierno y los sindicatos por los salarios docentes, sigue en deuda el debate amplio sobre cuál es la educación que merecen nuestros hijos y los incentivos profesionales y salariales que premian la especialización, capacitación y eficacia docente para agregar valor a nuestro “capital social”.

La mayor parte de los docentes argentinos están convencidos que sus problemas de dignificación laboral -reales por cierto- sintetizan la postergación de la educación en el país. Por su parte, la dirigencia política tironea de la cuerda del poder sobre la educación y reivindican sus facultades de ser ellos quienes la conducen en nombre de la sociedad. En el medio, alumnos y padres aparecen como rehenes de ese tironeo. Todos hablan en nombre de la educación, de los padres y los alumnos a la hora de enarbolar sus reivindicaciones, como si los chicos y los hogares fueran meros auxiliares de sus necesidades sectoriales.

Mientras tanto, los países más desarrollados del mundo continúan revisando y analizando su “capital social”, es decir, los resultados concretos de la educación básica en su población –el ciclo completo primaria y secundaria- chequeando con precisión los resultados, la inversión y la eficacia del sistema. Su objetivo es adecuar tanto la inversión como la eficacia, en función de las renovadas exigencias del mundo moderno que sirve de piso mínimo para la igualdad de oportunidades y base de expansión de la cultura social. Han advertido y trabajan en consecuencia, que es esa base de sustentación cultural la que consolida el desarrollo y la creatividad en la nueva economía mundial.

Las evidencias de la realidad nacional y provincial en materia de educación, eximen de mayores estimaciones sobre la eficacia de nuestro sistema educativo básico. Las pruebas nacionales y sobre todo las comparativas de nivel internacional, nos muestran muy lejos de las más elementales pretensiones de formación cultural básica. Son asombrosos los porcentajes de chicos que al cabo del proceso primario-secundario tienen mínimos índices de comprensión de textos, bajísimos niveles de lectura, pobres evidencias en ciencias básicas y por ende, una formación global casi de aislamiento.

Esto pese a que tanto en el país, como en la provincia, los índices comparados de inversión no figuran precisamente entre los peores. El problema es la eficacia del sistema. Y su actualización. Por lejos, no es lo que nuestros chicos necesitan para enfrentar este mundo exigente: ya se ha señalado como evidencia del fracaso, no sólo estos índices de baja comprensión, sino la multitud de jóvenes que vagan por nuestras calles ya lejos del sistema de educación básico y sin trabajo -prácticamente resultan inempleables por su escasa preparación-.

Debiera saber nuestra dirigencia –política y sindical-, que el mundo está apresurado en adecuar sus sistemas educativos a las exigencias sociales y económicas de un mundo moderno. Saben que si no lo consiguen, no podrán evitar la decadencia como sociedad.