Voces

El velo de la ignorancia

Por Alejandro Trape (*)

Uno es uno y sus circunstancias» (José Ortega y Gasset)

«Lo que nos hace evolucionar o crecer no es verdad que sea el mérito, como nos han hecho creer en los últimos años.» (Alberto Fernández, presidente argentino, setiembre 2020)

El problema de la equidad distributiva es complejo y siempre muy polémico. Lo es porque está sujeto a los juicios de valor de las personas que a menudo difieren en los criterios de justicia, que resultan ser la base de aquel tema. Así, lo que para algunos es justo para otros puede no serlo, los aspectos en que las personas merecen igualarse están sujetos a discusión y las formas de hacerlo desde la política también son objeto de debate. Es un campo de la política económica en donde todo se discute porque los puntos de vista son muy diferentes y en algunos aspectos resultan irreductibles.

Aún así, en el laberíntico escenario conformado por ideas tales como equidad, igualdad, justicia, distribución, reparto, transferencias, igualdad de oportunidades, igualdad de capacidades, movilidad social, etc., algunas coincidencias se han ido obteniendo a lo largo del tiempo. Lamentablemente los acuerdos no están todo lo firmes que sería deseable y a menudo las posiciones extremas e irreductibles vuelven a escena para dinamitarlos.

Uno de los componentes esenciales del problema de la desigualdad radica en las llamadas «condiciones de cuna», es decir en qué lugar del mundo, en qué época, en qué tipo de familia y en qué condición social nace una persona. Estas condiciones son muy importantes porque definen una situación «de arranque» que a la persona le resulta inmodificable y que debe aceptar para comenzar su vida en sociedad. Estas condiciones se componen de aspectos económicos, sociales, educativos e incluso religiosos.

Así, no es lo mismo nacer en una amplia casa de clase media alta en California, Londres o Barcelona rodeado de comodidades y posibilidades, que hacerlo en una favela brasileña o en un hacinado barrio marginal de Bombay donde es necesario salir a trabajar en la calle desde niño, poniendo incluso la vida en peligro cada día. Esta diferencia no sólo es obvia por la «foto» de ese momento, sino también por la película que desde entonces comienza a desarrollarse en cada caso y que ya lleva en su génesis una dinámica divergente. 

Es cierto que pueden haber excepciones como la de Carlos Tevez, futbolista de fama mundial nacido en Fuerte Apache, en Argentina, o la de Jim Carey, reconocido actor cómico que vivió buena parte de su infancia con su familia en un automóvil en Toronto. Ambos llegaron a la fama y obtuvieron riquezas, pero son sólo eso: excepciones contadas con los dedos que no pueden llevarnos a pensar que cualquier persona puede seguir ese camino con facilidad.

¿Ha pensado Ud en sus propias condiciones de cuna? ¿Las ha comparado contra las de otros a su alrededores? ¿Ha pensado qué hubiera sido de Ud y de sus hijos si estas hubieran sido muy diferentes?Para tomar perspectiva,  les propongo el siguiente ejercicio hipotético. Suponga que antes de nacer, Ud pudiera elegir hacerlo en la Sociedad 1 o la Sociedad 2, cuyas distribuciones del ingreso son las siguientes:


¿Cuál le parece una mejor sociedad para nacer?

Perdón, olvidé decirle algo importante: la idea es que Ud nacerá en una familia de la sociedad que ha elegido pero esa familia será elegida… por sorteo. Esto significa que una vez que eligió la sociedad, aleatoriamente puede Ud caer en una familia perteneciente a cualquiera de los 10 deciles de ingreso. ¿Cambia ahora su respuesta? ¿Cuál elige?

Interesante ejercicio, mucho más profundo de lo que parece a simple vista. Siempre que lo hice entre mis estudiantes, al comienzo dudan, pero al aclararles el tema del sorteo, la gran mayoría elige la sociedad 1. 

Debo confesar que a este ejercicio no lo inventé yo, sólo adapté el conocido ejercicio del «velo de la ignorancia» pensado por el notable filósofo británico John Rawls, para concientizarnos acerca de nuestras condiciones de cuna y su importancia. Rawls  concluye que si ignoramos dónde nos tocará nacer, preferimos sociedades con distribuciones más igualitarias. Una vez que nacemos y sabemos cuál es zona de la distribución donde «caímos», las posiciones se alejan entre sí: si lo hemos hecho en los deciles más pobres bregaremos por la igualdad y si lo hemos hecho en los más ricos (más allá de cierto altruismo que puede existir sin que sea la norma), no. Con el velo en los ojos somos igualitaristas, sin el velo, ya la igualdad resulta tema polémico y de debate.

La crucial importancia que sobre la distribución del ingreso tienen las «condiciones de cuna» parece un factor decisivo: si bien en el camino las cosas pueden cambiar, el punto de partida es fundamental. Más antipático resulta esto si pensamos que tales condiciones no son otra cosa que la sedimentación de desigualdades pasadas que se han ido acumulando y que han ido anclando a las personas al decil en que nacen. Sin embargo, existe un concepto que puede ayudar a responder a este problema y a mitigarlo: la «movilidad social». Si en el sistema se dan las condiciones para que las personas que lo desean y se esfuerzan asciendan económica y socialmente (es decir, se desplacen hacia deciles más altos). Con amplia movilidad social la posición final pasa a depender menos de la inicial, los hijos pueden ubicarse en un decil más alto que sus padres. Sin movilidad social, las condiciones de cuna prevalecen y la distribución de ingresos se va fosilizando.

De tal forma, la movilidad social es el antídoto (aunque parcial e incompleto) para la lucha contra las diferencias de cuna, no para eliminarlas sino para reducir su gravitación en la vida de las personas. Es importante para poder salir de la pobreza sin necesidad de tener un extraordinario talento deportivo o artístico, para que muchos y no sólo unos pocos iluminados puedan hacerlo. La movilidad social se basa en tres conceptos esenciales: la igualdad de oportunidades, el esfuerzo personal y la recompensa al mérito. Sin ellos la movilidad no es posible, se vuelve muy lenta o se detiene. Y las condiciones de cuna vuelven a escena, las desigualdades sedimentadas influyen sobre las nuevas desigualdades y la amplitud de la brecha crece.

La movilidad social es compatible también con la libertad de elección individual, anhelo básico de todo ser humano. Quien quiere puede ascender y quien no quiere, puede quedarse en donde está. La inmovilidad social deja prisioneras a las personas en el punto donde nacieron y dependiendo de lo que recibieron e hicieron sus padres.

Entonces si no atendemos a esos tres conceptos y no les damos cabida ni los ponemos en marcha, podremos mejorar temporalmente a las clases bajas con transferencias de bienes o dinero (que incluso podemos sacar de las clases altas), pero no las empujaremos hacia arriba en forma consistente, ni les daremos la posibilidad de compartir la prosperidad y el desarrollo.

El mérito importa. Por supuesto que no es el único componente de una política de equidad, pero es un engranaje central de la maquinaria. Dejarlo de lado en su formulación es, simplemente, producir a las personas de menores ingresos una mejor transitoria, un espejismo, un engaño.

(*) El autor el licenciado en economía, profesor de Política Económica Argentina y de Economía Internacional Monetaria en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Cuyo. Además, director de la Carrera Licenciatura en Economía en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Cuyo. Propietario del Blog especializado en economía: http://aletrape.blogspot.com