Notas de Tapa

Esta vez, Keynes no alcanza

Lic. Alejandro Trape (*)

Nadie duda que el mundo este año será fuertemente recesivo. ¿Cuánto?, no se sabe. Sólo tenemos a mano estimaciones preliminares, que se corrigen (hacia abajo) cada mes. De poco sirve colocar proyecciones ya que el mes que viene habrán cambiado. Basta decir que a la fecha todos los países prevén caídas de su PBI, excepto China, que está previendo un modesto crecimiento de 1%. También, que según las proyecciones esta recesión se aproximará a la mayor de todas las crisis del siglo XX, la de 1930, incluso con posibilidades de superarla.

En los siglos XX y XXI el mundo ha sufrido varias crisis económicas de alcance global, de distinto origen y magnitud.

En la primera mitad del siglo XX hubo tres crisis importantes: una asociada a cada una de las guerras mundiales y otra que inició con el crack bursátil estadounidense a fines de 1929 y se extendió por cuatro años (en algunos países hasta por diez años). Luego de la Segunda Guerra, el mundo organizó una salida «armoniosa y programada» a través de los acuerdos de Bretton Woods que dieron origen a instituciones como el Acuerdo General de Tarifas y Comercio (GATT según su sigla en ingles), el Fondo Monetario Internacional, el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF, hoy Banco Mundial), el acuerdo de paridades de flotación y el posterior Plan Marshall. Esta salida tuvo como objeto no repetir los errores de la salida de la Primera Guerra Mundial y al mismo tiempo organizar el mundo occidental para detener el avance sobre Europa de la «poco conocida» potencia emergente después de la guerra: Rusia.

Este esquema, unido a la llegada de las recetas keynesianas sobre política económica, permitió eliminar de allí en adelante las crisis de magnitud importante. Hubo otras crisis más leves, asociadas al precio del petróleo en los setenta, a la deuda latinoamericana en la primera mitad de los ochenta, a defaults mejicano y asiáticos en los noventa, al colapso de las acciones puntocom en 2001 (junto al atentado contra las torres gemelas) y a las hipotecas subprime en 2008-2009. A pesar de que en su momento parecieron muy graves, todas estas crisis sólo lograron reducir el crecimiento mundial a cero o a un número negativo muy exiguo.

Lic. Alejandro Trape

Sin embargo esta crisis es diferente, no sólo porque ha retornado a la intensidad de comienzos del siglo XX sino por su origen y con ello, por el remedio requerido para que termine. Sólo dos de las crisis antes mencionadas, las asociadas a la guerras mundiales tuvieron un origen «externo» al sistema económico, aunque no totalmente disociado de la economía de la época ya que en general fueron luchas por territorios. 

En cambio las restantes tuvieron un «origen endógeno», es decir, fueron provocadas y motorizadas desde adentro del sistema económico: disloque del sistema financiero, cartelización petrolera, endeudamiento excesivo, atrasos cambiarios insostenibles, defaults soberanos o crisis en el sector inmobiliario.

En la segunda mitad del siglo la globalización financiera fue el delivery que con rapidez les dio escala regional o mundial.
En recesiones endógenas, la crisis que se observaba tenía origen en el movimiento de alguna de las dos «macrocurvas» de la economía o la relocalización de ahorros hacia activos seguros (flight to quality): los culpables eran la demanda agregada, la oferta agregada o la fuga de capitales. Cuando caía la demanda (1930, 2008) se generaba una situación de «enfriamiento», con recesión y deflación; cuando se contraía la oferta (los setenta) aparecía el fantasma de la «estanflación» y cuando la gente cambiaba su cartera hacia el dólar se producía la recesión con devaluaciones y suba de tasas de interés. En todos estos casos el remedio fue keynesiano: política fiscal expansiva financiada con endeudamiento para superar la recesión.

Como era de esperar, la decisión fue acertada cuando se trataba de enfriamiento pero no tanto cuando se trataba de estanflaciones y cambios de cartera. En estos casos debieron agregarse políticas antiinflacionarias (en el primer caso) y controles de capitales para proteger reservas (en el segundo). Claramente, la biblia keynesiana fue suficiente cuando la crisis se adaptaba a su modelo cerrado y con desempleo, pero no lo fue cuando quiso aplicarse sobre economía abiertas y recalentadas. Sin embargo, curiosamente, en los políticos la fe keynesiana ha seguido prevaleciendo cuando la economía entra en recesión, cualquiera sea el origen de la misma. Es como tomar siempre paracetamol cuando se tiene fiebre, sin saber qué la ha provocado.
Pero esta crisis es distinta, en su origen y su manifestación. Comprenderlo es crucial a la hora de buscar su  remedio en las políticas económicas. 

Es distinta en su origen: no proviene desde adentro de la economía ni de una guerra, proviene de un virus, toda una novedad para la economía mundial. Es distinta en su manifestación: se caen al mismo tiempo la oferta y la demanda agregada porque muchos sectores no pueden producir y muchos consumidores no pueden comprar debido al aislamiento. Y atención acá: digo «no pueden» y no digo «no quieren».

La decisión supera a los agentes económicos, les viene impuesta por el gobierno para resolver su dilema de hierro. No hay un malfuncionamiento originado en defectos de la economía o en decisiones equivocadas ni arriesgadas de los agentes económicos. El problema viene desde un lugar distinto, al que por ahora conocemos muy poco. Así, la recesión es más profunda y no hay una clara y definida situación inflacionaria o deflacionaria en el mundo.

Esto debe tenerse muy presente a la hora de buscar la salida porque la propuesta keynesiana es insuficiente. Y así lo hubiera reconocido el mismo Keynes, para quien su propia receta se asimilaba a volver a poner en marcha la economía, que se había apagado («tenemos un problema con el arranque, no con el automóvil», escribía). Con darle impulso a la economía, ésta se pondría en marcha y lo haría bajo la impronta capitalista. 
No es este el caso. El keynesianismo ha pasado en este caso a cumplir el rol de «paliativo». No es inútil, pero es insuficiente. El aumento del gasto público o la rebaja impositiva no pondrá el auto en marcha, sólo podrá intentar evitar que retroceda. Si el problema viene «de afuera», desde allí debe venir también la solución. Sólo el descubrimiento de la vacuna o el lento contagio de todos (mucho más lento con el aislamiento) hará que el virus se apague cuando no tenga a quién más contagiar (roguemos que los ya contagiados no puedan serlo nuevamente).  En este caso, Keynes puede ayudarnos a transitarlos mejor, pero no nos ayudará a salir de la recesión y el desempleo. Sin embargo hay un capítulo keynesiano que sí sigue vigente: si no hay fondos acumulados previamente para hacer política fiscal expansiva, deberá acudirse a la deuda, cuidando que la tasa de interés a la que se tome sea menor a la tasa de crecimiento prevista para el PBI.  Ese impacto futuro no desaparece y no debe menospreciarse.

Entonces, ¿cuánto dura la recesión?

La incertidumbre es mayúscula. Aunque parezca una respuesta esquiva, durará lo que dure la pandemia, lo que se extienda la cuarentena y mientras el virus pueda seguir infectando. Incluso puede volver en 2021 al hemisferio norte. Pero la cuestión no es tan simple, no basta «aguantar hasta que pase».

Lic. Alejandro Trape (Histéresis)

La histéresis -en economía ocurre cuando una situación depresiva se extiende por mucho tiempo-, está a la vuelta de la esquina. Si esto se extiende mucho tiempo, los factores productivos (en especial capital y trabajo) pueden ir volviéndose obsoletos y pueden encontrarse en dificultades de volver a insertarse en el proceso productivo. Una máquina que se detiene mucho tiempo se oxida, se vuelve difícil de poner en marcha nuevamente o queda desactualizada, una persona que pierde su trabajo por largo  tiempo puede tener pocas chances de volver a conseguir uno (mas aún si se extiende el tele-trabajo y la persona no puede actualizarse). Por eso, se considera que una recesión corta y profunda hace menos daño que una prolongada aunque no tan aguda. Peor aún si nos enfrentamos a una recesión larga y profunda.

Esta vez, la salida no está en manos de Keynes ni de los políticos ni de los economistas (aunque todos ellos deben contribuir en la distribución y mitigación de los males). No hay receta económica a mano que permita dar arranque al motor. La respuesta está en manos de los médicos e investigadores de la salud, a quienes hay que apoyar y darles los recursos para que avancen con rapidez. Ojala los países tengan la lucidez de hacerlo y de no sentarse sobre los libros keynesianos esperando el milagro o peor aún, concluyendo que ya no sirven. Y que lo hagan ya mismo, antes de que la economía mundial empiece a oxidarse.

(*) Lic. Alejandro Trape, economista, Director de Centro de Investigaciones y Vinculación Económica (CIVE) en FCE-UNCUYO, Argentina.