Análisis

La COVID-19 interrumpe la educación de más del 70% de los jóvenes

Según un estudio/encuesta de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), los efectos desproporcionados de la pandemia en los jóvenes, han exacerbado la desigualdad y podrían mermar la capacidad productiva de toda una generación. Desde el comienzo de la pandemia, más del 70% de los jóvenes que estudian o compaginan sus estudios con trabajo se han visto afectados por el cierre de escuelas, universidades y centros de formación, según el estudio.

Educación y formación en la «generación del confinamiento»

La historia nos ha mostrado que una crisis como la pandemia de la COVID-19 puede tener consecuencias graves y prolongadas para las poblaciones más jóvenes a las que se está empezando a denominar la “generación del confinamiento” (OIT, 2020a). Estudios recientes están comenzando a poner de relieve el reto multidimensional que plantea la pandemia para los jóvenes debido a la interrupción de la educación y la formación, el aumento de la vulnerabilidad de los trabajadores jóvenes y la transición más larga y más difícil hacia el trabajo decente (OIT, 2020b). Efectos como éstos exacerban las desigualdades y pueden reducir el potencial productivo de toda una generación.

El estudio: Tres de cada cinco (el 61%) jóvenes (de 18 a 29 años) que respondieron a la encuesta recibían educación y formación, y el 15% combinaba la educación con el trabajo. Para ellos, la pandemia puede tener graves consecuencias debido a la interrupción del aprendizaje, la disminución de los resultados educativos y del aprendizaje, y la pérdida de ingresos. Los estudiantes jóvenes corren el riesgo de ser excluidos de los sistemas de aprendizaje formales o informales, por lo que pueden experimentar una transición más larga y difícil hacia el empleo y el trabajo decente.
El cierre de las escuelas, las universidades y los centros de formación afectó a más del 73% de los jóvenes encuestados que recibían educación o formación. Esto afectó algo más a quienes estudiaban únicamente (el 74%), en comparación con quienes estudiaban y trabajaban al mismo tiempo (el 69%). Algunos estudiantes con un nivel de educación superior, incluidos los que combinaban la educación con el trabajo, tal vez ya participaran (parcial o totalmente) en programas de educación a distancia, con la infraestructura mínima necesaria para mantener la continuidad de la educación o la formación durante los confinamientos. Otro 6% de los estudiantes señaló que algunas clases se habían cancelado mientras seguían abiertas las instalaciones escolares. En total, desde el inicio de la pandemia, cuatro de cada cinco estudiantes encuestados (el 79%) habían visto interrumpidos sus estudios o formación.

“La pandemia tiene una repercusión muy adversa en los jóvenes. No sólo merma su empleo y futuro profesional, sino que menoscaba en gran medida su educación y formación, y por ende, su bienestar mental.»

Guy Ryder, Director General de la OIT

La educación y formación de casi uno de cada ocho jóvenes (el 13%) se interrumpió totalmente, y no hubo cursos, clases o exámenes desde el inicio de la pandemia (gráfico 10). Sin embargo, esta conclusión general tiene diferencias regionales considerables: el 44% de los estudiantes jóvenes en los países de ingresos bajos, el 20% en los países de ingresos medios-bajos, y el 4% en los países de ingresos altos señalaron que no habían recibido ningún curso. Esto indica la reducción de las oportunidades de crecimiento y desarrollo de los jóvenes, y un mayor riesgo de abandono escolar, especialmente en los países de ingresos más bajos, en los que algunos estudiantes, en particular las mujeres jóvenes, tal vez no puedan regresar a la escuela debido a una contracción de los ingresos del hogar y a la necesidad de obtener medios de sustento.
La transición al aprendizaje en línea y a distancia parece estar más generalizada entre los jóvenes que viven en países de ingresos altos, lo que pone de relieve las grandes “brechas digitales” entre las regiones. En todo el mundo, las instituciones educativas y de formación cerraron sus puertas a los estudiantes a causa de la pandemia y pasaron a brindar oportunidades alternativas de aprendizaje. El gráfico 10 muestra que la mayoría de los jóvenes adoptaron métodos de aprendizaje alternativos tras el brote de COVID-19. Éstos incluyeron clases por vídeo impartidas por docentes e instructores (el 57%), exámenes en línea (el 43%) y tareas que deben realizarse a domicilio (el 36%). En particular, se impartieron clases por vídeo al 65% de los jóvenes en los países de ingresos altos, en comparación con el 55% en los países de ingresos medios y con el 18% en los países de ingresos bajos.

A pesar de los esfuerzos para asegurar la continuidad de los servicios de educación y formación, el 65% de los jóvenes indicaron que habían aprendido menos desde el inicio de la pandemia (gráfico 11). Con pequeñas diferencias en función del nivel de ingresos del país, el 31% de los jóvenes señalaron que habían aprendido considerablemente menos y el 35% indicó que algo menos. La percepción de las mujeres jóvenes de la disminución del aprendizaje fue más aguda que la de los hombres jóvenes (el 67% frente al 63%, respectivamente). De manera análoga, quienes estudiaban únicamente percibieron un impacto mayor en el aprendizaje que los que combinaban el trabajo con los estudios (el 66% frente al 62%, respectivamente), al igual que los que habían finalizado la educación secundaria y estaban matriculados en un primer nivel de educación superior o en un nivel de educación postsecundaria no superior, en comparación con los estudiantes que ya habían recibido cierta educación superior (el 73% frente al 63%, respectivamente). Un mayor porcentaje de estudiantes cuyas escuelas habían cerrado (el 70%) señalaron que habían aprendido menos, pero incluso entre la minoría de estudiantes cuyas escuelas habían seguido abiertas, casi uno de cada dos (el 48%) señaló un impacto en el aprendizaje. Esto destaca la interrupción generalizada del aprendizaje causada por la pandemia.
Estos resultados ponen de relieve los retos que conlleva la transición del aprendizaje en las aulas al aprendizaje a domicilio. Incluso cuando, en cierta medida, las instituciones lograron realizar la transición al aprendizaje a distancia, como se muestra en el gráfico 9, los docentes, los instructores y los estudiantes tal vez no hayan estado debidamente equipados para asegurar la continuidad del aprendizaje.

Factores que obstaculizan la eficacia del aprendizaje en línea se cuentan: i) bajos niveles de acceso a Internet; ii) competencias digitales (y otras competencias pertinentes) insuficientes para aprender y enseñar a distancia; iii) la falta de equipo de tecnología de la información en el hogar, así como la falta de espacio; de materiales adecuados para la enseñanza a distancia, y la ausencia de trabajo en grupo y de contacto social, ambos componentes esenciales del proceso de aprendizaje.

Por consiguiente, los estudiantes que habían recibido algún tipo de enseñanza remota indicaron unos resultados de aprendizaje algo mejores que los que no habían tenido dichos cursos (véase el gráfico 11), pero aun así se vieron impactados considerablemente. Si bien la enseñanza a distancia está siendo cada vez más normal para muchos, el impacto que la transición abrupta ha tenido en el aprendizaje sólo parece haberse amortiguado de una manera moderada.

Uno de cada tres jóvenes (el 35%) logró mantener o mejorar su aprendizaje. Uno de cada seis jóvenes (el 16%) indicaron que habían aprendido más desde el inicio de la crisis, mientras que el 19% señalaron que su aprendizaje no había cambiado.

La mayoría de los jóvenes indicaron que habían aprendido menos, y la mitad (el 51%) preveía que sus estudios se retrasarían, y que esto probablemente impactaría en la transición de la escuela al trabajo. Un porcentaje algo mayor de mujeres jóvenes (el 52%) preveían que sus estudios o formación se retrasarían, en comparación con el 49% de los hombres jóvenes (gráfico 11). Ante todo, el 74% de quienes habían dejado totalmente todos los cursos y el 56% de aquéllos cuyas escuelas habían cerrado desde el inicio de la crisis preveían retrasos en sus estudios.
Además, casi uno de cada diez (el 9%) jóvenes encuestados creía que su educación o formación podría fracasar, pero esta opinión estaba más generalizada entre los jóvenes que habían finalizado la educación secundaria (el 13%), en comparación con los que habían concluido algún tipo de educación superior (el 7%).
Las perspectivas profesionales están dominadas por la incertidumbre y el temor, ya que los jóvenes evaluaban con pesimismo su capacidad para finalizar su educación y formación (véase la sección 5 a continuación). Las percepciones de los estudiantes de sus futuras perspectivas profesionales eran desalentadoras; el 40% veía el futuro con incertidumbre y el 14% con temor. Indicaron altos niveles de posible ansiedad o depresión, 26% que podrían estar relacionados con el cierre de las escuelas y de las instituciones de aprendizaje que privaba a los jóvenes de contacto social.
Sin embargo, los jóvenes no se han rendido – cerca de la mitad buscó nuevas oportunidades de aprendizaje, a pesar de la crisis y del cierre de las escuelas. El 44% de los jóvenes encuestados habían empezado nuevos cursos de formación desde el inicio de la pandemia, y la incidencia era mayor entre quienes habían finalizado la educación superior (el 53%), tal como se muestra en el gráfico 12. Si bien la mayoría de los jóvenes se habían matriculado en cursos para mejorar sus competencias técnicas y específicas de los empleos (el 54%), los jóvenes indicaron que estaban interesados en diversas ofertas de formación, que abarcaban desde los idiomas extranjeros, las TIC y las aptitudes de comunicación hasta la solución de problemas y el trabajo en equipo.